Las figuras, como apagadas y estrechas sombras, comenzaban a moverse en su propia candencia, ubicándose según su propio parecer en mi rostro o en mi espalda.
La noche y sus árboles drásticos, permanentemente caducos, policromáticamente negros, monótonos, iguales; con su luna silente, descuidada y escondida, sucumbida ante la bruma de ésta noche indefinidamente terminable, insoportablemente estúpida y serena: Confabularon. Confabularon en ésta, la noche en que presiento que los esquemas existentes de todo esto acabarán por acabarse, por fin/lo esperaba.
Luces y humadera blanca, edificios sucios, vida transparente. Trágica fábrica de ingloriosas bestias de combustión, hijos no-natos de la tierra inmunda, hijos naturales de sus bosques nativos, de sus inmensas virtudes, de su sutileza más aguda, de su falsedad más falsa.
Acervos de maleza, vida nocturna y frágil, en ésta densa noche, de ésta anormal e intransigente noche, en donde tengo la certeza que la rutina, mi respiración, mis recuerdos, mis ropas, darán un giro literal y terminarán por estrellarse en contra del liso y oscuro pavimento.
De repente todo se apaga, se detiene, se retrasa; el momento se expande y mi hablar es parco, lacónico. Luego el momento se contrae, y mi hablar se torna circunloquio.
No veo a nadie más, no veo ni a mis propias manos, ni mi rostro, ni a mis piernas dormidas.
¿Habré yo provocado todo esto? ¿Habré sido tan acertada en mi vaticinio inconstante?
De alguna u otra forma, el sueño me invita a su lecho de lana y luciérnagas, de cuadros de envidia y avaricia, de almas encerradas en frascos, de vidas que se opusieron al destino y continuaron en sus propias culpas, lucros y bohemias.
Estos cielos grises, aquellos nubarrones del delirio, esa luna despistada, no son parte de mis sueños, ni esa maleza estrecha y arrogante ni aquella fábrica de metamorfosis múltiples. Mas esas infernales, tercas y defectuosas sombras son parte de mis sueños, de esos sueños que me han seguido aún después de mi muerte.
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