Tu alcoba de mala muerte grita y me espanta con su refilosa melodía de contagio, me llama, me invita a ser parte de ella. Tu perfil se agudiza en mis sentidos y tu mirada cristalina se desborda en Navidades, en alegrías llenas de vanalidades y traslúcidos monstruos adeptos a ellas. Tu energía vital se está desvaneciendo esta noche en copas y almas perdidas. El olor a bencina se ha incrustado en mi ropa y la frustración se hace de mis manos atadas y de mi respiración desesperada. Los arlequines y botellas vacías de kerosene comienzan a danzar al ritmo de esas vívidas manchas color rojo oxidado que han empezado a aparecer a mi alrededor, y que nunca dejan de moverse. El cielo raso está lleno de nubes negras; supongo que estoy en medio de un páramo trágico y algo borroso, en donde el dolor corporal y las quemaduras son sólo alucinaciones.
Esa noche terminé por consumirme en tan sólo una mirada al ser viviente que me provocaba tal agonía, tal confusión, tal sentimiento de amor escondido cual lobo en piel de oveja. Mientras reías, llorabas y renacías en mis gritos ahogados en monóxido de carbono e inesperados fantasmas con olor a chamuscado, me repetía a mí misma: Luego todo estará mejor, y terminaré por pensar, a pesar de todo: ''Te extraño, hombre en llamas.''
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