Mis maletas, mi angustia, mis libros reciclados. Mis muebles anticuados, mi alfombra llena de polvo. Miz zapatos rotos, mi casa en la playa. Mis lámparas sesenteras, mis vestidos locatelli de la época de Felipe el Hermoso.
Si te contara lo que soy, probablemente me matarías por ser loca.
La poca tolerancia se ve a cada día, a cada minuto, a cada encuentro.
Qué importa si eres negro, blanco, te falta un ojo o tienes dislalia.
Qué importa que seas un maníaco depresivo, un demente, que tengas VIH o que seas lesbiana; que seas ateo, que seas anarquista.
Qué importa que grites, que hagas el ridículo, que cantes mal, que seas travesti, que digas palabrotas, que no pienses igual que el resto.
Qué importa que no tengas madre o padre presentes, que seas indígena, extranjero o pordiosero; que seas artesano, artista, profesor o minero.
Aún bajo el rango de las diferencias entre las personas, somos iguales, imperfectos humanos dotados de ineptitud, irracionalismo, imaginación y torpeza.
¿Bajo qué circunstancias puedes llegar a no amar a alguien distinto a ti?
Quizás cuáles sean.
Lo que sí creo es que no son nada buenas.
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