Estaba entreabierta la puerta, con todo lo que eso implicaba.
Posición fetal, gritos de angustia, de dolor, de haber sido centrifugado hacia el espacio. El viento soplando ferozmente los carruseles de su infancia, los barquitos de papel, los zapatos desanudados y las sonrisas maquiavélicas. El insectario de su abuelo, el reloj cu-cú de su padre, la casita de su perro.
Se estaba llevando consigo su vida, su misteriosa vida. Las lágrimas dentro del florero, esas derramadas por la pérdida de su hermana, chocaban y se vertían en contra de las paredes de la casa de su niñez, aquella con ventanales siempre abiertos, cerrojo descorrido y aire sureño. Aquella desteñida por los años, por el amor no encontrado, por las historias desperdiciadas en las fogatas familiares.
Se estaba llevando las bugambilias de su adolescencia, las discusiones con su madre y las escapadas nocturnas con Agustina, la moza del valle, esa de labios rojos y ropa ceñida a la que le pagaba por noche y cita concertada.
Se llevaba la chimenea a leña de su familia, los baúles llenos de chiches de su madre y sus muñecas de porcelana; los poemas de amor de más de algún joven enamorado con destino a su amada hermana; el vino de su padre, la sortija de su madre, aquella que se fue por el inodoro; las joyas, los robos, las prostitutas, los vicios heredados de su padre.
Se llevaba los asesinatos, los castigos, las varillas, Beethoven y el maldito Mozart. Las cadenas, las sábanas de lino, sus piedras de colección, sus cuadernos de dibujos de matanzas y guerra, de divinidades y mujeres; de textos cocainómanos de su temible juventud, de psicotrópicos, de borracheras, de escritos emborronados acerca de las hermosas nuevas hijas del padre franciscano de la parroquia de los domingos.
Se llevaba la complicidad de Anabolena con Salvador Dalí, las fugas de Picasso con Kim Novak, las blusas sucias de la colegiatura, los pantalones sin remendar, el polvo de las acequias, las hojas nunca recogidas, el pasto descuidado. Los atrapa-sueños de su hermana, sus flores secas, su caligrafía impecable, su alfombra persa, sus bordados; sus platos preferidos. Se llevaba el invierno de su infancia y la primavera de su juventud; los cardenales rojos de su velatorio, los besos furiosos que ella se daba con sus amantes, con sus vecinos, con él mismo. Las brasas de los asados de los sábados, el ajedrez -el juego favorito de su padre- y los duraznos frescos y carnosos de los veranos en casa de sus tíos.
Se llevaba los vestidos floreados de su hermana, sus cabellos al viento, sus piernas delgaduchas. Su cintura bien marcada, y los colores brillando bajo el sol en su silueta perfecta. Las tarjetas de Navidad, las postales recibidas de los abuelos desde Frankfurt, las huellas en la nieve de su anciano padre al traer la leña a casa, el resoplido conformista de su madre y los besos insulsos e indiferentes de ellos aún a solas.
Se llevaba los crujidos de su casa vacía, sus bajas calificaciones, los pocos amigos que le quedaban, su pelo castaño mugriento, su barba incipiente, sus rodillas huesudas, las tardes enteras masturbándose frente a una foto rota de calendario barato, la adolescencia infinita que permanecía en su mente de adulto joven perdido.
Se llevaba su búsqueda insaciable de habla, el hecho indescriptiblemente satisfactorio de un beso en la mejilla, de un abrazo cálido, de una palabra dulce de consuelo, de vida, de compasión, de comprensión, de transición.
Se llevaba las noches enteras de llanto, de inyecciones, de polvillo blanco, de hierba, de tragos amargos, de recuerdos esporádicos, de lagunas mentales, de vida sin resurrección, de vida sin retorno.
"¿Qué más se llevará ésta ráfaga miserable de tormentos, digo yo?" Pensó por un minuto.
"Si hasta el cianuro es más rápido que la muerte misma"
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