Y te encontré, absorta en pensamientos más importantes de lo que yo alguna vez pensé, y que me involucraban como criminal a robo con huellas digitales; como si fuese algo tan lógico que en su minuto no llegué siquiera a sospechar, ni por un momento, ni por un segundo, ni por un sucinto lapsus.
Parecía como si el entorno te hubiese tragado, devorado, absorbido, fagocitado... domesticado.
Solías ser de esas yeguas indómitas que no daban tregua, que no daban cabida a miradas ambiguas, equívocas. Tu pose, siempre firme y definida pareció desvanecerse entremedio de la atmósfera de incertidumbre que nos reinaba. No parecías ni confiada ni insegura, mas sensatez, sensatez era lo que denotaba tu lenguaje corporal.
Me sorprendí al verte; yo que tanto te conocía, logré llegar a entrever parte de lo que no se había ido: esas margaritas, esa mirada transparente que por esas casualidades de la vida me revela más de lo que quiero saber, sin que tú lo sepas, cual cine gratuito.
Solías ser una yegua indómita de vida contemporánea, de hábitos estructurados, de movimientos exuberantes, copiosos. Eras una yegua siempre vívida; mas ahora tal pareciera te hubieras apagado un poco, pues ya no brillas como antes, ya no compites por ser la más brillante.Tu opacidad destaca por sí sola; tus movimientos lánguidos, tu equilibro leve, tu caminar apagado. Tus rasgos finos, tu sonrisa ancha, tus labios ferpectos.
Perdiste cadencia, mas ganaste tiempo, experiencias, vida.
Vida, como la que no seguiste teniendo conmigo.
Tiempo, como el que solíamos tener cuando nos besábamos bajo la lluvia.
Nunca quise aceptar que te perdí, pues en realidad nunca lo hice. Te despediste una vez, con un beso fatal, sin lágrimas; con los ojos opacos, sin la vida que solía haber en ellos, una tarde en que todo me pareció desacertado, confuso, dudoso. Creí estar soñando, creí haber tenido un mal sueño, pero nunca diste muestras de haberte arrepentido de lo sucedido, ni palabras, ni un discurso, ni una mirada angulosa, ni siquiera un precario susurro de mala hierba.
Hasta ahora.
Hasta ahora nunca pensé/quise pensar/presentí/imaginé que siquiera volvieras a pensar en mí como algo, ese algo especial que empieza con la letra n, y que aunque no lo quiero pronunciar -siquiera por un segundo- sabes perfectamente a qué es a lo que me refiero, eres muy lista, querida mía.
Ahora que sé en qué piensas, es mi decisión, es de total incumbencia mía pensar a dónde irá a parar esto; te quiero, pero ¿qué más? ¿da para algo más?
Quisiera ahora que esos ojos marrones me revelaran unas cuantas verdades; sé que lo harán, me dicen todo y más. Sé leerlos, admirarlos, sentirlos.
Un momento, ¿qué habría decidido en aquellos días, en donde mi adolescencia todavía controlaba mi andar desordenado?
¿Qué habría optado? ¿Negro, blanco, un jazmín en el prado? ¿Un cojín, miradas, una flor marchita? ¿Un balcón, una canción, la hora exacta?
He aquí mi pequeño gran problema.
-¿Qué piensas tú...?- te pregunté- ¿Muerte o cenizas?
-Vida -me respondiste.
Y de pronto, todo se aclaró.
No hay comentarios:
Publicar un comentario