La noche transcurrió tranquila, pero eterna. Deseé tenerte conmigo, mas no había nada que lo permitiese. Nada que hacer para lograr que todo aquello que pasó por mi mente en esos instantes, se volviera realidad.
Abracé la almohada con todas mis fuerzas, y mientras lo hacía, pedía que por favor existiera -aunque fuera en ínfimas raciones- una especie de extracto de tu encantadora fragancia; esa que habías dejado impregnada desde la noche en que, por vez primera, pude dormirme pensando en tus ojos y en mis solitarias manos, que en ese minuto hallaron un consuelo en las tuyas, que yacían en soledad en un rincón del suave colchón.
Tenerte a tí. Eso era lo que quería. Pero el destino no lo quiso así.
Bueno, al menos no esa noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario