"...En la ciudad no había fuego y ella lo echaba de menos. Le parecía imposible vivir sin fuego, sin las llamas vivas que dan luz. Esa luz muerta que salía de las casas, metiéndose en cada grieta, en cada rincón, convertía a la gente en sombras grises y borrosas. Algo que daba miedo.
Y algo más: no había silencio. Ruido siempre, más cerca o más lejos. Nunca la calma suficiente para escuchar los sonidos de la vida. En su cabaña podía echarse en la cama y oír los delicados crujidos que surgían alrededor. Y preguntarse de dónde vendrían. Aquí todo se ahogaba en un enorme barullo. Era como para ponerle los pelos de punta a cualquiera.
¿Y el aire? Allí no había aire. Sólo olores. Humos, más bien. Humo de gasolina, de las fábricas, que se tragaban los exquisitos perfumes de la hibera, la nieve, el sol. ¿Cómo podía la gente respirar si no había aire?..."
(María Gripe)
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