Te miro y en ti me sumerjo, me vienen a la mente el espacio infinito de tu dolor, de tu guitarra, de tu sonrisa, de ese cabello negro que, junto con tus patillas me evocan esa décadas de cánticos prohibidos, de panfletos clandestinos, de juntas ilegales, de revoluciones acalladas.
Tus canciones, tu voz serena e inconfundible, tu trágico fin, la matanza, toda la sangre derramada por esos malditos entes silenciosos, traidores de rostro deformado y cuerpo gaseoso; ese trágico fin que se generó luego de los tormentosos días de aquel septiembre lúgubre, que sin descanso ni piedra de tope siguió su curso sin detenerse a pensar en todas las vidas perdidas, en las familias que quedarían incompletas, en la agonía de las víctimas, en el daño, en las violaciones, en la discriminación, en la falsa y estúpida superioridad de quien se cree el cuento de las Fuerzas Armadas.
Los gritos de horror, de angustia. Tus uñas ensangrentadas en el suelo, tu cuerpo magullado, acribillado, destruido, yacía en el Estadio que hoy lleva tu nombre.
Víctor Jara. Ése es el hombre de la guitarra, de la voz de la justicia, de la paz; Es el hombre, la voz del pueblo, ese que todavía reside en nosotros y que, más temprano que tarde, renacerá.
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