El sol de verano irradia locura, demencia, irracionalismo.
El campo se congela.
Tú, yo, somos arropados con suaves hojas y de un momento a otro los perros labradores florecen, florecen en esa metamorfosis que los lleva a transformarse en extrañas especies foráneas, mezclas perfectas de té, canela y eucalipto.
El rojo me absorbe, me atrae a su abismo de nimiedades y pesares nada dolorosos; me atrae a su abismo de espiral consternado por libros amarillos y múltiples pasillos.
A veces no logro comprender el propósito de tus ojos índigo. A veces no logro captar la metáfora, la figura literaria, la secuencia temporal; A veces tan sólo me limito a esperar, a esperarle, a aguardar, a oler la vida, cual si fuera camino espacial asimétrico, lánguido, inusitado; tan espontáneo que es casi imperceptible al ojo humano.
El campo va helando a los perros, poco a poco, de menos a más, de más a menos, de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba; desde su centro espiritual hasta su periferia más física.
Inhalo y exhalo libélulas, moscas muertas, madera tallada, escorpiones inermes, desamparados, tan vívidos que cuesta creer que ya no viven.
La dislexia, el alzheimer, los tigres encadenados, el velo de la vejez que cae sobre mi piel traslúcida y decadente, han obrado de mí un monstruo de esos de antaño; de esos monstruos de pelo blanco y dientes falsos; de esos monstruos encorvados, débiles cadáveres con rayos de vida evaporándose a través de los poros minúsculos de la voz, de los párpados oscurecidos, de las manos raquíticas.
El campo va congelando al ya ajeno sol de verano, aquel que durante mucho tiempo fue causa de mi existir, consecuencia de mi -ahora- maldito actuar y partícipe de más de un suceso causante de estragos.
He perdido la cadencia y la facultad por sobre mis seres interiores, y ahora ellos pueden más que yo, más que esta debilitada anciana de miedos y moralejas, de soledades y fortuna, que un día supo gozar de todo cuanto le rodeaba, de todo cuanto le pertenecía, de todo cuanto llegó a sus manos, de todo lo que sus oídos supieron escuchar, de todo lo que sus manos llegaron a escribir, de todo lo que llegó a vivir.
He perdido la agilidad y la firmeza, la claridad y la jerga popular en el habla. También la puntualidad, la hiperlaxitud de aquellos años, la salud equilibrada, el calor humano; el olor a bugambilias que expelía mi ropa, la fuerza de mi arrogancia juvenil.
El frío cada vez se torna más asfixiante, y a cada respiro va momificando lentamente mis miembros; va helando una a una las hojas que cubren mi desnudo cuerpo.
Te fuiste antes que yo, hombre de ojos índigo; me has dejado sola en este gélido campo, prefacio de lo que nos acecha desde que nacemos.
Te marchaste con menos años de los que ya he vivido, con voluntad propia e indecente, con cobardía e inexactitud; te has ido con millones de pastillas en tu estómago, de esas de las que siempre desconfié y a las que terminé por aborrecer una vez sabido tu trágico final de película barata.
Estoy tetrapléjica, ahora nada más que mi cabeza cobra movilidad. Este frío de mil demonios me está enjaulando, hombre de ojos índigo, tal como aquella vez te enjauló a ti.
Acepto que voy a extrañar este aire enrarecido, esas muecas de dolor que hace la gente en vez de sonreír, las miradas opacas, las respuestas irónicas. Extrañaré el trigo, el mar rozándome los pies, las luces inertes de la ciudad admiradas desde mi balcón de piedra, la viè avec vous, todo lo que implicaba nuestro paraíso terrenal; Extrañaré las murallas de nuestra casa llenas de garabatos, de contornos, de ataques de rabia, de sombras maliciosas que juegan a tallar en ellas mismas la felicidad que veían en nuestros rostros a través del tiempo. Extrañaré las lámparas de papel, esas hechas de vida estática e inútil en los días de ocio; la vieja máquina de coser, la cámara prehistórica de la buhardilla, la ventana en la que daba la luz todo el día.
El helor se hace de mis sentidos, de mi movilidad; Empieza de a poco, dicen, pero yo lo sentí rápido, como si la muerte tuviese prisa; lo sentí rápido como un disparo al aire, como un proyectil de nieve; como un susurro en voz alta, como un grito de desesperación.
Quisiera, al menos, recordar tu ojos índigo por un segundo, antes de este momento del que ya he tomado consciencia, mas mi memoria no permite que lo haga, pues se ha vuelto caprichosa con los años; es entonces cuando lentamente me voy apagando: logro sentir el candor que me invade, y que va dejándome inmóvil, deshauciada, dormida. Dormida, como cuando con un beso en la frente te despediste, y me dijiste que estuviera tranquila, que nos veríamos en algún minuto, en algún lugar, cuando yo realmente encontrase el momento adecuado para hacerlo. Y éste es, éste es el momento que he elegido: el pan acaba de salir del horno, la brisa fresca del atardecer me incita a danzar con ella una vez más, como cuando juntos bailábamos tango en el campo riéndonos de la vida; Éste es el momento que elegí para desaparecer de la vida terrenal, y buscarte, hombre de ojos índigo, tal como lo hice años atrás.
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