Y parecía entonces que los insectos volvían a casa, a la única y especial madriguera. Digamos que los entendía: el centro no es el que brinda más apoyo, sino el que permanece y renace en el mismo lugar durante el eterno descanso del alma del que es centro. Y yo también estaba volviendo a casa, a sus paredes color miel, a su acogedor aroma y a mi recámara, quien tantos llantos, risas y vida ha pasado conmigo ya 6 años.
Y el reflejo en el espejo que no tengo me ha mostrado el color de las insípidas caminatas diarias, masivas y monocromáticas de las piernas de las ovejas, de los insectos, cuando no vuelven a casa.
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