Y el frío que empañaba mis sienes, se iba, sombrío, al compás de la inexistente música de las setas, de las ciénagas, de los troncos caídos y las palabras circunloquias.
Sin color ni viento, con la abulia en el pecho y la ánima en el pelo, escapándose, camino por las rocas, duras rocas de acefálicas sirenas y tritones hemipléjicos. Semi-dioses, Semi-organismos-Semi-almas de hielo, que viven y no viven, pero sobreviven en mis dedos. Que escriben y mueren.
Y mueren.
Y mueren,
Mueren y no se enfrentan.
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