Y la vida que escurría a través de mis dedos no era otra cosa que la arena del viento, el lenguaje secreto de las mariposas, de los alhelíes y sus propias permanencias, sus propias existencias, sus propias respiraciones.
Quizás si la música no me llevara a los exánimes lugares de su inexistente intensidad y brote, entonces las miradas y las palabras no valdrían lo que valen hoy. Las risas ni nada, ni lo aurífero ni lo azul.
Ni siquiera Zoé podría hacer algo al respecto.
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