Inverosímil era salir de la consciencia y entregarse a la vida misma. La interioridad de tu ser me llamaba a gritos para fundirme en su densa y abstracta niebla, para fundirme en sus desvaríos y sorpresas. Sin ecuanimidad ni rutina fluyes por el mar de la existencia, tornándote así la Caja de Pandora siempre quise tener y a la cual debía temer abrir, pero que simplemente no lograba ese efecto sino otro totalmente opuesto: la de atracción por lo desconocido y sin develar. No temía de ti debido a la compatibilidad y a la mutua búsqueda de alguien que enraizara a la Tierra el centro de nuestra única entidad espiritual: el alma.
No importando qué enfermedad o misterio revelaras, qué cualidad o color saliera de tu vientre, la impasibilidad de tu receptor seguiría su curso.
Como un conejo desorientado correría tras un arbusto no por temor sino admirada de la locura que nunca sé si serás o no capaz de cometer.
Pero quién sabe, ni yo conociéndote puedo predecirte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario