Podría recitarte estrafalarios cuentos acerca de cigarrillos que nunca se apagaron; acerca de planetas que se confabularon y conspiraron contra lo humano y lo divino.
Podría hablarte de faroles que nunca se encendieron o de sillas nunca utilizadas; de flores de un vergel que nunca fueron cortadas, de regalos no entregados, de besos infinitamente extrañados, de miradas penetrantes que nunca dejaron de observarse.
Podría hablarte de almas que nunca terminaron por unirse, de palabras que dichas fueron pero que nunca se apegaron a la realidad; de perros vagabundos que alguna vez tuvieron hogar mas que luego se les fue arrebatado; de puertas cerradas, de oídos sordos, de manos insensibles, de ojos ciegos...
De días que parecen siglos y de corazones oxidados, desgarrados, opacos.
De locuras recordadas y fotos que mueren al entrar en contacto con el ojo humano.
Podría escribirte acerca de esclavos que suplican por libertad; de la felicidad extraviada en algún camino empírico que ha sido barrido tantas veces por el viento que sólo rastros quedan de las pisadas de las personas que alguna vez transitaron por allí.
De películas compartidas, de lugares congelados en el que la vida estuvo presente, en el que el pelo se enredaba en el follaje y en el que las hojas se adherían a los cuerpos etéreos.
Podría contarte acerca de mapas vistos; de música que inundó ciudades, países, ciénagas, almas, almas perfectas, almas libres, almas gemelas; podría contarte de risas luminosas que alguna vez alumbraron la caverna del orgullo y los muelles de los barcos que sin tripulación encallaban.
Podría...
Podría tantas cosas.
Pero ninguna posible, porque ni tu sombra se aparece en estos parajes de vida diaria, de mares muertos, de nubes enterradas, de vasijas enlodadas, de piel momificada, de flores muertas.
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