Dudándolo, me presenté.
No presiento que haya sido una equivocación ni una incorrección, maleducación o desinterés, simplemente lo hice, quizás no avistando próximos encuentros o consecuencias, indirectas o lucros.
Mariposa...
Mariposa...
Libélula infeliz de cándidas alas alargadas y tornasoles.
Capas de luz solar trasluciéndose a través de tu libreto de mujer inconsecuente y vida paulatinamente apresurada, que has decidido esconder bajo la cama, en esos tablones sueltos que siempre supiste servirían para algo, y que cuando lo descubriste pudiste ser más plena de lo que ya eras, mujer, sin duda.
No, no dudé en presentarme ante ti, oh no, no lo hice.
¿Pero qué cosas digo?
Tenía miedo de tu majestuosidad, de tu incoherencia, de tu lejanía más cercana. De tu metamorfosis más extrema, de esos cambios de estado más extraños, más anormales, menos convencionales que presentas en tu piel, esa tan pura y tan cristalina, que pareciendo vidrio no es más que escamas enmarañadas.
A veces dudo de mi propia existencia, de esa mujer libélula que habita dentro de todos.
A nadie le gusta encarar a sus propios demonios, a sus propias mariposas. Pero qué bien hace de vez en cuando...
No hay comentarios:
Publicar un comentario