-Entiéndelo- le dije- Nunca lo entenderás.
Disimuló su contagiosa y débil risa con un sobreactuado estornudo y su silencio valió más de lo que pueden valer palabras sin punto ni tilde. Le tomé la mano y nos fuimos caminando por la plomiza y húmeda arena, descalzos, en dirección hacia ese páramo que tanto le gustaba.
Se detuvo por tan sólo un instante, y contempló mis ojos.
-Creo que nunca entenderé que no te puedo entender- pronunció.
Le sonreí.
Nunca estuve más de acuerdo con él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario