
Los rieles, tan indómitos, agónicos, silenciosos; sometidos, refugiados bajo el alero firme y metálico del acompasado ruido que no ha de pasar tan rápido; estas barras esperan horas, días, meses, años incluso, a veces, casi siempre, a ratos: no lo sé, un tiempo indeterminado y relativo, -como siempre lo ha sido- para ser utilizados; sospecho que han de esperar su momento, pero al vivirlo poco lo disfrutan, desean más un andar líquido, suave, intangible; donde puedan, cansinamente, oxidarse en invierno, derretirse en verano, abrigarse en otoño con un manto amarillo de hojas, y regocijarse de ver flores en su punto colorido a su alrededor en primavera. Qué vida, ¿no?
Sus piedras; tan insolubles, bruscas, vívidas e intrigantes; amorfas, capaces de ser armas, anacrónicas, autóctonas, venales, pulibles... Siempre jóvenes, densas, seguras, confianzudas, decididas, tercas, zahareñas y hasta algo maleducadas;
Creo que con este dueto, nunca más viajaremos en tren.
No hay comentarios:
Publicar un comentario