domingo, abril 18

Reflexión.

A veces me siento invisible. Me siento como un borrón de goma de pan en un cuaderno de ejercicios algebraicos, una pista de hielo suficientemente rayada como para que nadie se acerque, una vida en la Antártida en la que nadie se interesa en descubrir.
Me siento eclipsada por la pobreza, por esa vida de perros que tiene la gente. Me siento sobrepasada al pensar en el apartheid, en el racismo, en la homofobia, en la discriminación. Me siento abrumada al pensar en las muertes accidentales, en las cómplices, en las muertes programadas. En esas frías, indescrifrables miradas vanas de los cadáveres tirados en la calle reclamando por ayuda. Algunas veces me siento separada de mi indiferencia y unida con la impotencia y la rabia al escuchar esas estupideces televisivas, al sentir que están jugando con mi opinión, con tu opinión, con la de todos; con nuestra consciencia y nuestra credibilidad. Me siento tan minúscula en este mundo de negocios turbios, de tráficos inconclusos, de miradas distorcionadas y abrazos de Judas.
A veces me siento disminuida ante la falsa grandeza de los actores políticos, ante esa locura capitalista de vida o muerte, ante esas carreras egoístas e insensibles de aquellos que sueñan con llegar a ser esos bribones de cuello y corbata con fama de ser ovejas santas y honestas, y que al final terminan siendo anónimos desgraciados con una bala de oro entre pecho y espalda por no cumplir con lo acordado en las reuniones ilícitas de aquellos personajes clásicos: drogas, prostitución, abuso y corrupción.

A veces siento que mi cabeza no alcanza para comprender por qué el mundo sigue su curso normal, por qué nadie hace nada por hacer, por ser partícipe de algo que alimente su espíritu y lo vuelva real y sólido.

A veces simplemente, pongo la otra mejilla y me quedo callada. Pero eso, nunca más.

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