sábado, febrero 6

Claustrofobia.


Cuando ocurren demasiadas cosas que no puedo explicarme, y empiezo a preguntarme por qué pasan, por qué suceden, por qué no podía yo estar allí, para vivirlas, y entregarme a ese momento tan inédito, el reloj se vuelve lento y las baterías se desarman. El teléfono paró de sonar hace mucho y la luz ya no enciende, el interruptor ya no sirve. El papel fue rajado y el lápiz ya no escribe. Mis aros ya no lucen brillantes, la ropa luce vieja, desgastada y putrefacta. El cielo ya no es como solía ser, nítido y esponjoso. Las teclas se quedan pegadas y la comida ya no tiene sabor. Mi vida está girando en torno a imágenes, a personas que están muy lejos. Siento la ausencia y la falta de aliento. Puedo sentir que nada es como era antes, puedo sentir que ya nada siento como solía sentirlo. Las jeringas que me mantienen viva con su licor de incendios, locura y recuerdos, han acabado sus reservas, hoy sólo lamentan el haberme dejado en el estado en que estoy. El karma se me viene encima, y no hago más que ver estrellas de gas en el techo de madera blanca. Es entonces cuando enciendo la ampolleta y comienzo a fumarla, a adquirir su energía tan inagotable. El estrés se me sube a la cabeza, la casa se me hace pequeña y el aire espeso.

Odio tener claustrofobia
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