
El atardecer se detiene ante mis ojos y me aborda de forma innegable. Las flores blancas rozan mis manos a medida que cruzo el campo de margaritas completamente descalza y desprovista de abrigo. El frío comienza a expandirse a través de mis sentidos y sin detenerme, intento hallarte en este cielo de nubes temblorosas y deformes. El agua rompe a mis pies con su impotente caudal arrastrándome consigo bajo el dulce y denso aroma floral.
La sal desprendida de la masa acuática corta flores a antojo y, en lugar de ellas, grandes arrecifes de coral crecen de forma escarpada. El destello solar veraniego pareciera quemar las copas de los árboles y los pétalos de las margaritas recién arrebatadas de la tierra mojada. El canto eólico permanece inaudible, sin embargo, no deja duda alguna de su existencia al mecer a las tranquilas nubes pasajeras que vuelan sobre la Tierra. El cielo azul envejece a medida que el crepúsculo sigue su curso y las suaves ondas lunares comienzan su danza en la cercana oscuridad nocturna. De pronto, la luna intercepta al lejano sol que finalizaba por fin, su largo viaje diario. Lo atrae hacia ella y la brillante luz solar se despide abruptamente de la vista terrenal.
El eclipse total toma lugar finalmente en el espacio. El vacío perteneciente al cielo terrestre explica la brusca ausencia de luz: Todo se debe al propio universo en el que están sumergidos los responsables del eclipse.La brillante y real existencia del sentimiento mutuo que los inmersa en sí mismos, entregándose el uno al otro, señala la clase de amor en el que ellos flotan, y que, asimismo, niega cualquier posibilidad de un desconcertante y trágico fin.
La atmósfera de necesidad que los rodea habla por sí sola acerca de la extraña fuerza que une a estos imanes; y no tan sólo la fuerza, sino también, la suave armonía que los encierra en su propia burbuja de felicidad. La quizás elemental existencia de estos seres no da lugar a caminos imperfectos y a imponentes márgenes. Sino que, tan sólo, a los suspiros proferidos por cada uno.
Un perfecto destello desprenden juntos; aquel que no duerme ni cae a pesar de las contrarias y difusas nubes que atrapan los rayos del eclipse, evitando cualquier contacto terrestre. Y cada noche, cuando todo está calmo y silencioso, el sol le brinda a la luna algo que ni ella siquiera imagina: una eternidad junto a él, la única e irracional razón de su existencia.
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