Una inexplicable gota de lluvia cae en mi rostro un día de verano. Miro hacia el cielo, y las nubes pareciera que sonríen ante la repentina y poco usual atención que les estoy brindando. Aparto la mirada y detengo mi andar bajo una cortina de lluvia que de pronto ha comenzado a invadir el buen tiempo de la ciudad. Un piano toca una melodía fatal. El vuelo de las aves se suspende en el aire y poco a poco, los cuerpos van cayendo al frío cemento. Los autos aceleran su marcha y los semáforos apagan sus luces. La vereda va quedando vacía a medida que el tiempo pasa, y de repente, me hallo sola, a excepción de aquel místico piano que continúa su trágica melodía. Mi ahora empapada ropa me da cuenta de que la lluvia no ha cesado, y que muy por el contrario, ahora se ha transformado en una tormenta. Luego de incontables minutos, tomo consciencia de todo aquello que estremece a mi cuerpo, y llego a la conclusión que lo que me inquieta es algo que retumba en mi pecho. Sacudo mi cabello y las cristalinas gotas salen disparadas en todas las direcciones. Cierro los ojos para respirar con mayor tranquilidad, pues, la soledad jamás ha sido para mí una buena compañía. Pasa un lapso, luego, otro... y así, hasta que por fin me decido a enfrentar lo que se me aproxima. Al ver por primera vez lo que ahí se me presentaba, pestañeé; No creí lo que sucedía. Un gran y verde prado se extendía bajo mis pies y miles de metros más adelante. Ahora, la fatídica melodía se había tornado un gigantesco silencio. La precisión de mis pasos iba decayendo a cada centímetro que cruzaba del pasto y de pronto, las hojas de los árboles señalan la intranquilidad que les invade en su suave movimiento sobre el frío aire que circula a mi alrededor. Me siento en el suelo a contemplar la danza de los árboles al mecerse junto al viento y una ráfaga comienza a secar mi cabello aún húmedo. Vienen a mi mente las últimas palabras pronunciadas por tus labios mientras me dejo caer al suelo procurando que mi memoria me inunde y me sumerja bajo su alero. Tu mirada deja una huella imborrable en mi cabeza...;tu pausada respiración en mi hombro, las lágrimas de tus ojos...Todo aquello llega a estremecerme y busco de forma inintencional ese calor que tu abrazo emana para sentirme bien otra vez. Necesito esa protección que me das. Esa sonrisa con sabor a dulzura que surca tu rostro. Ese desafío que implica pronunciar tu nombre más veces en un segundo que respiros en un minuto... Y la forma en que haces florecer a la vida a mis ojos.
Mi vida va tornándose de color a medida que más tiempo estás conmigo, y la luna siempre sale al encuentro de sol, aquel tan vital para que ella exista.
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