Dos témpanos flotando a superficie. Es casi una paradoja que mis pies estén helados y que no sienta un cálido aliento susurrando, mezclando lo empírico con lo idílico, lo gramatical con lo venal. Al parecer ambos nos hemos ido al paraíso de los mudos, saliendo del infierno de los locos en el que estuvimos inmersos desde siempre. Nos conocimos ahí, cómo olvidarlo. Pero no puedo decir lo mismo de abandonarlo. No aceptarlo sería caer en la curiosa trampa de la muerte por envenenamiento premeditado, un suicidio cualquiera, sólo que la duda, sigilosa, ha sido el arma.
No sé si quiero oír los tambores o si prefiero la silente muerte, el vaho de las flores o el instinto de una hambrienta hiena.
He de decidirme pronto antes que tu espíritu pasivo beba de la lluvia recién acaecida.
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